viernes, octubre 29, 2010

La Historia de Kirzai


Hace mucho tiempo había un joven comerciante llamado Kirzai, cuyos negocios lo obligaron a viajar un día al pueblo de Tchigan, situado a doscientos kilómetros de distancia. Por lo común, él habría tomado la ruta que seguía el borde de las montañas, lo que le habría permitido hacer la mayor parte del viaje protegido del sol. Pero en esta ocasión, Kirzai sufría la presión del tiempo. Era urgente que llegara a Tchigan lo más pronto posible, de modo que decidió tomar el camino directo a través del desierto de Syr Darya.

El desierto de Syr Darya es conocido por la intensidad de su sol y muy pocos se atreven a correr el riesgo de cruzarlo. No obstante, Kirzai dio de beber a su camello, llenó sus alforjas y emprendió el viaje.

Varias horas después de partir empezó a levantarse el viento del desierto. Kirzai refunfuñó para sus adentros y apuró el paso del camello. De repente se detuvo estupefacto. A unos cien metros delante de él se levantó un gigantesco remolino de viento. Kirzai nunca había visto nada semejante. El remolino arrojaba en derredor una extraña luz purpúrea y hasta el color de la arena había cambiado. Kirzai titubeó. ¿Debía practicar un largo rodeo a fin de evitar esa extraña aparición, o seguiría siempre derecho? Kirzai tenía mucha prisa, sentía que no disponía de tiempo para tomar el camino más lento, de modo que agachó la cabeza, encorvó los hombros y avanzó.

Para su sorpresa, en el momento en que penetró en la tormenta todo se volvió más calmo. El viento no azotaba ya con tanta fuerza contra su cara. Se sintió contento de haber tomado la decisión correcta.

Pero de pronto se vio obligado a detenerse otra vez. Un poco más adelante, un hombre yacía estirado sobre el suelo junto a un camello acuclillado. Kirzai desmontó de inmediato para ver qué pasaba.
La cabeza del hombre estaba envuelta en una chalina, pero Kirzai vio que era viejo.
El anciano abrió los ojos, miró con atención a Kirzai durante un instante y después habló con un susurro ronco:
-¿Eres… tú?
Kirzai rió y sacudió la cabeza.
-¿Qué? ¡No me digas que sabes quién soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Syr Darya? Pero tú, anciano, ¿quién eres?
El hombre no dijo nada.
-De todos modos -continuó Kirzai-, tú no estás bien. ¿Adónde vas?
-A Givah -suspiró el viejo-. Pero no tengo más agua.
Kirzai reflexionó. Sin duda podía compartir un poco de agua con el anciano, pero si lo hacía se arriesgaba a quedarse sin agua él mismo.
Sin embargo, no podía dejarlo así. No puede dejar morir a un hombre sin echar una mirada atrás.
“Al diablo con mis planes pensó Kirzai. Sólo necesito encontrar mi camino hasta el sendero que corre a lo largo de las montañas, en caso de necesitar más agua. ¡Una vida humana vale más que un compromiso de negocios!”
Ayudó al viejo a tomar un poco de agua, llenó una de sus cantimploras y después lo ayudó a montar su camello.
-Sigue derecho por ese camino -le recomendó mientras apuntaba con el dedo-, y en dos horas estarás en Givah.
El anciano hizo una señal de agradecimiento con las manos y antes de irse miró un largo rato a Kirzai y pronunció estas extrañas palabras:
-Algún día el desierto te recompensará.
Entonces acicateó a su camello y se alejó en dirección a Givah.
Kirzai continuó su viaje. La oportunidad que lo esperaba en Tchigan sin duda estaba perdida, pero se sentía en paz consigo mismo.

Pasó el tiempo. Treinta años después, los negocios llevaban a viajar a Kirzai de continuo de una parte a otra entre Givah y Tchigan. No se había hecho rico pero lo que ganaba era suficiente para proporcionar una buena vida a su familia. Kirzai no pedía más que eso.

Un día, mientras vendía cueros en la plaza de mercado de Tchigan, se enteró de que su hijo estaba enfermo de gravedad. Era urgente que fuera a verlo de inmediato. Kirzai no vaciló. Recordó el atajo a través del desierto que había tomado treinta años atrás. Dio agua a su camello, llenó sus cantimploras y partió.

A lo largo del camino libró una batalla contra el tiempo, azuzando sin cesar a su camello. No se detuvo ni disminuyó la marcha mientras bebía agua, y por esa razón ocurrió el accidente. La cantimplora se le cayó de pronto de las manos y antes de que pudiera bajarse para recuperarla, el agua desapareció en la arena. Kirzai profirió una maldición. Con una sola cantimplora llena era imposible cruzar el desierto. Pero al pensar en su hijo, el viejo se obligó a seguir adelante.
-¡Tengo que hacerlo! ¡Lo haré!

El sol del desierto de Syr Darya es despiadado. Le importa poco por qué fines o para qué fines un hombre trata de desafiar sus rayos; arde inexorable, siempre con la misma fuerza e intensidad. Kirzai comprendió pronto que había cometido un gran error. Se le resecó la lengua y la piel le quemaba. La única cantimplora restante ya estaba vacía. Y ahora, para su desazón, vio que empezaba una tormenta de arena. Kirzai se envolvió la cabeza en su chalina, cerró los ojos y dejó que el camello lo llevara adelante adonde fuera. Ya no era conciente de nada.

Un gigantesco remolino de viento se levantó frente a él. Despedía una suave luz purpúrea, pero Kirzai seguía casi inconsciente y no vio nada. Su camello en el remolino de viento, avanzó unos poco pasos y entonces, en forma abrupta, se sentó. Kirzai cayó al suelo.
“Estoy terminando -pensó-. ¡Mi hijo nunca volverá a verme!”
De repente, sin embargo, dio un grito de alegría. Un hombre montado en un camello avanzaba hacia él. Pero cuanto más se acercaba el hombre, tanto más la alegría de Kirzai se convertía en estupefacción.
Ese hombre que ahora desmontaba de su camello… ¡Kirzai lo conocía!
Reconoció su rostro juvenil, sus ropas… ¡y hasta el camello que montaba! Un camello que él mismo había comprado por dos valiosos jarrones muchos años antes.

Kirzai estaba seguro: ¡el joven que venía en su auxilio era él mismo! ¡Era el Kirzai de hacía treinta años!
-¿Eres… tú? -Balbuceó Kirzai con un susurro ronco.
El joven lo miró y rió.
-¿Qué? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Syr Darya? Pero tú, anciano, ¿quién eres?
Kirzai no contestó. No sabía qué hacer. ¿Debía decirle al joven quién era o no decir nada?
Mientras tanto el joven continuó:
-De todos modos, tú no estás bien. ¿Adónde vas?
-A Givah -respondió Kirzai-. Pero no tengo más agua.
Kirzai vio que el joven reflexionaba en silencio acerca de la situación y supo con exactitud lo que pasaba por su mente: ¿debía ayudar a Kirzai o continuar para atender sus propios asuntos? Pero Kirzai también supo cuál sería la decisión y sonrió al observar que el joven le ofrecía un trago de agua.
Después, el joven le llenó la cantimplora vacía, lo ayudó a montar su camello y apuntó con un dedo.
-Sigue derecho por ese camino y en dos horas estarás en Givah.
Él viejo Kirzai miró un rato largo al joven que una vez había sido él mismo y le hizo una señal de agradecimiento. Hubiera deseado hablar con él de muchas cosas, pero sólo pudo encontrar estas palabras:
-Algún día el desierto te recompensará.
Y entonces partió de prisa hacia Givah, donde lo esperaba su hijo.

Kirzai llegó a ser un hombre sabio, respetado por todos. Y cuando contaba este extraño cuento, todos los que escuchaban le creían. Desde aquellos tiempos, el desierto de Syr Darya ha sido conocido por el nombre de Samovstrecha, que quiere decir: El desierto donde uno se encuentra a sí mismo.


(CUENTO EXTRAÍDO DE LA TRADICIÓN SUFÍ)

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